Falso

La verdad no existe más que en uno mismo. Tú no puedes decirme que tu verdad debe ser la mía, no puedes hacerme tener tu mirada, no puedes dirigir mis pensamientos. Por eso odio las imposiciones, por eso odio cuando alguien se enoja o no entiende que otro no piense como uno, que no sienta como uno, como si eso fuera tan terrible como el holocausto. A mí también me pasa. Yo también soy inconsecuente, pero, ¿quién no lo es? Es difícil, por no decir imposible, seguir una sola línea, como si la vida fuera recta y derecha, sin vueltas, sin desvíos, sin curvas ni rotondas. Mi mente ha estado invadida por el surgimiento del individuo en tanto pensamiento. ¿Cuánto pensamos realmente por nosotros mismos?, ¿Qué tan puro es lo que pensamos? Pues nada. Todo está contaminado. Yo no sé si la gracia está en tomar todas esas influencias externas como los libros, la música, el arte y con eso construir nuestro propio mundo (eso creía hasta hace muy poco) pero hoy todo ha caído en la inestabilidad de la confusión, porque adoptamos cosas que no son nuestras, hago una idea tuya como si fuera mía, empiezo a sentir como sientes tú. ¿Dónde, entonces, estamos?, ¿Dónde está lo que es sólo mío?, ¿Dónde están los pensamientos sin ser guiados por un otro? Hoy todo me parece falso.

Des-cubrir

Los guantes de seda son un cinismo, ¿no crees?. No sirven para abrigar, sólo para cubrir, esconder. Así como cuando barres y dejas la basura debajo de la alfombra.
Dime que tendremos ojo cuando nos topemos con alguien con guantes de seda. Dime que le diremos que no tiene sentido ocultar sus manos, que son signo de fraternidad, que se exhiben con gusto, se tienden, no se niegan, se entregan, acarician, sienten, palpan sin barreras entre medio. Dime que no tendremos miedo. Dime que nuestras manos son felices y jugarán, como cuando éramos niños y sacábamos el brazo por la ventana del auto queriendo atrapar el aire y lo hacíamos y luego lo dejábamos ir para que siguiera su vuelo en libertad.
Dime que con nuestras manos crearemos nuevos mundos, nuevas canciones y nuevos colores. Dime que nunca tendremos las manos atadas y que nunca usaremos guantes de seda.

Mucho pedir

       Di cinco veces mi número telefónico, di siete caricias que se alejaban de la inocencia; dos veces mi lengua estuvo ajena a mi boca e interna en otras y nada. Desistí. Fui el centro de atención, eso es seguro. Los tenía a todos embobados e hipnotizados pero no me elegían y no entendía por qué. Nadie me ofreció algún trago ni llevarme a su casa. Yo sólo quería sexo. ¿Es que una mujer no puede querer sexo y nada más? Se supone que es el sueño de cualquier hombre, ¿no?. Una mujer ofreciéndose sin compromisos ni ataduras; hacer lo que hay que hacer y listo, todo termina ahí, pero no. Busqué, provoqué, seduje y nadie accedió. Seguro era la noche de impotentes, no encuentro otra explicación.


        Salí del bar a las cuatro y cuarto de la mañana, resignada. Me senté en una plazoleta cuestionando la virilidad contemporánea; -Verdad que ahora todo el mundo es bisexual, me dije. Tal vez era la noche de la homosexualidad universal; debe haber sido por eso que un par de muchachas me miraban más de lo normal.

        Me había vestido especialmente para lograr mi objetivo: Blusa blanca con escote pronunciado, falda azul ceñida a mí como si fuera mi propia piel, tacones que permitían que mis piernas se vieran más tonificadas, usé un perfume que me lo vendieron diciendo que era afrodisíaco y, además, llevaba en mi bolso los implementos necesarios para pecar lujuriosamente: Antifaces, esposas, unas cuerdas pequeñas, ¡hasta una película! Estaba dispuesta a todo. Quería ser dueña de mí, del mundo y tener control absoluto. No era mucho pedir.

        Decidí caminar acompañada de un cigarro, era el único placer que podía conseguir en ése momento. No sé cuánto tiempo habrá pasado, pero el sol ya comenzaba a hacer su aparición habitual. Me detuve. Veía cómo las demás personas estaban vestidas para ir a sus trabajos, niños dirigiéndose a sus clases, gente comprando el diario y yo, aún arrastrando lo que había sido la noche pasada.

        Sentía todas las miradas en mí; quizás me compadecían, quizás pensaban que estaba loca, quizás les daba asco. Me esquivaban al pasar, y cuando no alcanzaban, me empujaban y yo parecía pelota de tenis yendo por distintos puntos con movimientos involuntarios. De un momento a otro, levanto mi cabeza y me doy cuenta que soy observada fijamente por un hombre desde un balcón. Corrí la mirada, asumiendo que el tipo cambiaría su dirección visual. Lo miro nuevamente y permanecía ahí, quizás diciéndome algo. Fue entonces que lo decidí. Actué como si ya lo conociera, le grité como si lo hubiera estado esperando, apuré el paso e, incluso, caí. Nadie me levantó pero no necesitaba que me socorrieran. La mirada de él era ahora de desconcierto. Quería esconderse y yo no iba a permitir que eso sucediera. Grité más fuerte. La concreción de mi plan fallido estaba ante mí y yo sería artífice, finalmente, de mi propio destino. Fui por él.

        Llegué a su puerta casi por instinto. Abrió temeroso y, sin pensarlo, me arrojé sobre él de manera impetuosa y lo besé con una pasión desmedida. Me entregaba al todo o nada. Jugué a ganadora. Fui reina y basura al mismo tiempo y me encantó tener ese incontenible ardor en mi cuerpo que nunca antes había sentido. El hombre, al cabo de unos pocos segundos, me aparta de sí. Vi deseo absoluto en sus ojos. Me señala la cama donde dormía una frágil y débil mujer. Me dijo que estaba enferma. Lo sentí por ella, pero eso no me iba a detener por ningún motivo. Me paro frente a él y le digo: -Esta es una oportunidad única en la vida. Conozco un buen lugar dos cuadras al sur. Ni siquiera pretendo preguntar tu nombre. Tu cuerpo entero me dice que me quiere. Siento cómo me desvistes. Es irresistible, ¿verdad?. Haremos lo siguiente: Iré a esperar el ascensor y, cuando llegue, me subiré a él sola o acompañada. De todas formas desapareceré, ya sea ahora o en tres horas más. Salí, no sin antes sembrar nuevamente una pizca de tentación en él. Cerré la puerta.

        Pulsé el botón y aguardé. El ascensor ya estaba próximo a llegar cuando siento unos pasos tras de mí.

Loqueno

La cama ya no estaba fría. La dulzura de tu olor contrastaba con el agrio sabor que sentía al tragar. La tibieza de tu cuerpo mantenía el mío templado y la caricia de tu mano permitía mis latidos calmos.
El estado febril sin duda hace alucinar.

-HC-

El hombre callejero irrumpe violentamente y nos pide hablar de la vida real. No quiere que ficcionemos ni que finjamos ser, ni que le prediquemos al viento algo que no hemos experimentado. Tiene razón. El hombre callejero vocifera insultos envueltos en una rabia cargada por años y no sólo por él, no es un peso que sólo esté en sus hombros, sino en los de todos sus compañeros de aventuras y desventuras. El hombre callejero huele mal. Huele a basura, a desechos, a descomposición. Está podrido, mas su efervescencia se dispara como un misil potente y certero. El público, atónito, mira su espectáculo con desprecio y lástima. Los que dicen comprometerse con el sentir popular sólo le entregan rechazo y sienten que aquello es impropio del lugar. La poesía que hasta entonces se había escuchado, de pronto dejó de serlo y se transformó en algo absolutamente falso, sin sentido. El compromiso que se oía en cada verso se desvaneció luego de la mencionada escena. El hombre callejero era quien exigía algo verdadero; él era poesía. Sus palabras no rimaban, no construían metáforas; no obstante, él era poesía. Lo echaron del lugar con disgusto, con la ira de quien siente su espacio transgredido, mientras que era ese palabrerío cínico la muestra perfecta de una violencia encubierta, lo que es peor. La no-aceptación estaba cabalmente reflejada en ellos, los que luchan por las voces oprimidas de los otros. Antes de partir, el hombre callejero hizo notar una vez más que lo ahí vivido era a lo que había que hacerle frente; dejó en evidencia que todo era volátil y que, ciertamente, las palabras se las llevaba el viento. Estaba ebrio, lo reflejaba su andar tambaleante; pero, qué importaba! El hombre callejero se bajó los pantalones y se cagó en la misma mierda.

Control

Y si enloquezco es porque quiero hacerlo. Crear conflictos tiene más sentido que vivir de manera calma. Grito fuerte y pateo con más potencia aún. Me descontrolo. Me gusta. Es excitante tener límites que romper o no tenerlos y adueñarme de toda acción sin pensar, sin analizar. La gente a mi lado que se joda. Sólo importo yo, pero no quiero que se vayan. Quiero que se queden junto a mí y me reconozcan como su incondicional, su indispensable.

Ayer dije que me suicidaría. Hice la escena con cuchillo en mano. Estaba fuera de control, pero con la adrenalina a más no poder. Sabía que no lo haría. Era una prueba para el resto, como siempre. La reacción fue la habitual: Gritos e intentos por detenerme. Me sentía tan poderosa. Si decía que se alejaran, lo hacían; si los quería en silencio, se callaban. Estaban a mi merced. ¿Debería importarme que no sean adultos? Desde pequeños tienen que conocer los matices de la vida, así la enfrentan preparados. Estaba el anciano, que no es muy útil. Come, habla y se le olvidan las cosas. Lo vi con un teléfono en la mano. Pensé que me lo arrojaría. Se lo arrebaté y lo tiré sobre la cama. Retomé el espectáculo del cuchillo en un instante.

Semanas antes, probé con cinturones, cuerdas y cordones. La manguera no me sirvió, no era tan manejable. El cinturón me acomodó más; se ajusta con facilidad, es más grueso y si se golpea contra algo o alguien, resulta más intimidante. Me quedé con él. Golpée a las niñas un par de veces, no muchas para que pudieran ver lo que seguiría. Fue una buena forma de captar su atención. Me puse el cinturón al cuello, hice que me lo abrocharan. Lloraban un poco, pero deben hacerse mujeres de alguna manera. Como su llanto no me ayudaba lo suficiente, decidí terminar la escena sola. Apreté y apreté. Es un goce especial. Sentía cómo mi cuerpo se atrofiaba lentamente, cómo la sangre interrumpía su curso normal, cómo mis sentidos se alteraban de una forma que nunca había experimentado. Comenzaba a perder el conocimiento y decidí parar. Las niñas estaban inmóviles y yo me quedé sin fuerzas para continuar con alguna otra sorpresa. Había sido suficiente por ese día.

Ayer, con el cuchillo fue distinto. Probé primero con mis piernas, para ver qué tan soportable y agradable podía ser el dolor. Luego seguí con mis brazos, con las muñecas. La sangre era abundante mas no una cantidad considerable como para morir. No fue tan placentero como aquello que había vivido semanas atrás. Quise intentar con un corte en el cuello, pero sabía que no sería mi última aventura, de modo que lo hice de manera superficial. La imagen del cuarto ensangrentado era hermosa. Pude hacer unas decoraciones dignas del mejor asesino en serie. Era un cuadro espeluznante, pero armonioso en su forma. Mis espectadores personales quedaron atónitos.

Como ya estaba cansada de ser el centro de atención, me dirigí al patio trasero y asesiné al perro. Asombrosa decisión. Les arrebaté a las niñas algo con lo que habían crecido, algo con lo que reían. El perro puso resistencia, claro. Me llevé un par de mordidas y rasguños, pero fui veloz. Siete puñaladas que lo aniquilaron. Sentí el timbre y bocinas en el exterior. El sueño se apoderaba de mí lentamente, mi cuerpo dejaba de responder según mis órdenes. A mis espaldas, las niñas y el anciano se abrazaban y yo me preguntaba qué celebraban. Quise unirme a ellos pero caí antes de llegar. Despierto y sé que no estoy en mi hogar. No veo el perro muerto ni la habitación con la nueva pintura roja. Una cama sencilla. A mi lado, un vaso y pastillas. Me encantan, así que las tomé. Me transportaron a mi nueva travesía inmediatamente. Lo vi muy claro: Cuando despierte nuevamente en mi habitación, iré al cajón inferior izquierdo que está dentro del clóset, sacaré la caja y pondré la clave secreta, y tendré la pistola entre mis manos.

Soñé

Era de noche, pero no era tarde. La ciudad estaba en plena actividad. La gente volvía a sus hogares, y los autos componían la ruidosa melodía del ambiente. Hacía frío, pero como yo estaba caminando, no lo sentía insoportable, mucho menos calador. Me acompañaba una leve llovizna que no me vino mal. Buscaba una calle desconocida para mí, pero como no tenía apuro, seguí tranquilamente el recorrido.
Tenía que ir a una lectura dramática. Nunca había asistido a una, así que estaba entusiasmada por saber de qué se trataba exactamente. Llegué al Instituto de Cultura, pensé que me costaría más encontrarlo. No había mucha gente, pero estaban los precisos. Tuvimos que esperar en el hall mientras terminaban de habilitar el espacio dispuesto. Se me acercó una mujer, que era algo así como una de las coordinadoras del evento. Conversamos un rato y, para sentirnos más cómodas, nos sentamos en un sillón de forma cuadrangular. No tan agradable, la verdad. Hablamos de cosas que ya no recuerdo, nos miramos y reímos.
Para despedirse, utilizó un aparato que no conozco y, a modo de mensaje de texto, escribió un par de cosas y finalizó con que me enviaba un abrazo, cubierto por su manta. Nunca se sacó esa manta, le daba un aire alternativo. No quise ser menos, y le respondí ahí, también de manera escrita, que mi abrazo sería como el cuadrilátero en el que estábamos sentadas. Qué estupidez.
Ya era tiempo de entrar a la sala. Había una mesa principal que nos enfrentaba, donde estarían los que llevarían a cabo la lectura. La iluminación era suave, tenue, envolvente. Habían mesas y sillones para los asistentes. Me apropié del espacio de un sillón. A mi lado, un hombre del que no vi más que su pierna flectada. Poco me interesaba prestarle atención y mucho menos si su perfume no me dejaba respirar. Quise inhibir mi olfato por completo, y todos mis sentidos hacia él. Luego, dos amigas del tipo se sientan a sus pies y se ponen a conversar los tres. Yo sólo esperaba, ansiosa, que la lectura comenzara cuanto antes. Tenía unas hojas con todo lo que leeríamos acompañadas de unas fotografías. Ibamos a empezar, el silencio nos daba la pauta. Era emocionante sentirme parte de aquello, a pesar de no vivir una aventura adrenalínica, hasta ese instante.
No me percaté cuando las chicas, amigas del perfumado, estaban en mí espacio del sillón, a mis pies esta vez. No sé en qué momento quedé sólo en pantaletas y una camiseta y una de las tipas me besaba las piernas. Intentaba concentrarme en las hojas, pero ya no tenía sentido. La chica era guapa, pero nada despampanante.
Ella estaba sentada en el suelo. Acaricia y besa mi estómago de una manera muy sensual y luego, me lleva a su boca con delicada fuerza. Su lengua se desliza por mi vagina y me hice a un lado. Estábamos en un evento cultural, por Dios! Olvidé al resto de las personas y ellos parecían no sentirse atraídos por nuestro espectáculo. Lo hace nuevamente y me dice al oído que está mojada. Quise comprobarlo por mi cuenta, pero toqué a su amiga, que miraba lo que hacíamos. Busqué introducir mis dedos y me encontré con la vagina más seca y dura que jamás haya tocado. Desperté espantada del trance, mientras la otra chica jugaba con su lengua como si yo fuera suya hace ya muchos años. Me paré del lugar, besé en los labios a la muchacha que se apoderó de mí, salí, y decidí esperar la lectura siguiente, de todas formas, ésta ya me la había perdido.

Boicot

Una sola vez intentó enseñarle a tocar los arpegios en guitarra porque ella se lo había pedido. Y, también, una sola vez quiso hacer lo mismo con el bajo. Valeria no tenía muchos dotes musicales. Aunque lo intentaba, se frustraba rápido. Era capaz de hacer un par de acordes y unos rasgueos simples. Martina, en cambio, se desenvolvía como una gran maestra cuando se apoderaba de algún instrumento y parecía como si se trasladara a otra dimensión. Eso le encantaba a Valeria. Verla le resultaba envolvente. Quedaba absorta ante la imagen firme y sensual de Martina inmersa en el bajo. Paradójicamente, Martina provenía de una familia de connotados científicos, mientras que Valeria era hija de una profesora de música y de un historiador. Aún así, no era muy hábil con los dedos, y eso, fuera de ser la típica broma lesbiana, le causaba mucha gracia a Martina.
Se conocieron en una fiesta. Valeria no le prestaba mucha atención a Martina porque bailaba y reía con sus amigas. Finalmente, accedió a bailar con ella. Martina le compró unos tragos, conversaron-gritaron en medio de tanto ruido de fondo, se coquetearon y se besaron. Esa noche durmieron abrazadas, sin tener sexo y, a la mañana siguiente, como si nada, Valeria se va. Estaba claro que no pretendía extender esa aventura porque pensaba que aquella sería la primera de muchas luego de haber vivido una larga relación. Por otro lado, Martina se arrepentía de no haberle pedido su número y quedarse parada como idiota viéndola partir. Es que estaba embobada. A pesar de eso, no le fue difícil conseguirlo. La llamó con ansiedad y nerviosismo y, para su agradable sorpresa, obtuvo una respuesta favorable. Así, comenzaron a salir. No fue algo que estuviera en los planes de Valeria, no buscaba a alguien con quien compartir su cotidianidad; sin embargo, se sentía a gusto intercambiando experiencias de vida, desde los grandes acontecimientos a los pequeños e importantes detalles.

Había pasado un mes y ya eran una pareja formal. Aquello era todo un hito histórico dado que Martina tenía fama de libertina y no se le conocía una relación de más de tres meses. Ya había pasado uno, al menos. Valeria, era una chica seria. Ella se comprometía de verdad y, si bien no juzgaba el tema de andar de cama en cama, a ella no le acomodaba y, simplemente, no lo hacía. Por eso no le resultó su plan de tener aventuras nocturnas con cualquiera.
Afortunadamente, no tuvieron que vivir el usual drama familiar, o el hecho de sincerarse con el pololo de turno. Ambas estaban fuera del clóset hace rato, con familia informada incluída. Por ese lado fue bastante sencillo. Sólo tenían que preocuparse de ellas y no de ejercer la eterna lucha por mostrarse como son. Salían a la calle sin miedo, se tomaban de la mano, se abrazaban, se besaban y se reían de algunas miradas atónitas y comentarios ridículos que algunas personas les hacían al pasar.

Valeria le entregaba una seguridad infinita a Martina y le hacía –o intentaba- razonar, generar conversación, para que no se quedara encasillada sólo en su pensamiento sin considerar el del resto. Martina era un tanto inmadura, egocéntrica pero no egoísta, que no es lo mismo. Le costaba solidarizar con el sentir ajeno, cosa que Valeria hacía muy bien, lo que no la hacía perfecta, quizás era demasiado sensible mientras que Martina tenía un trato algo duro; características que les hicieron discutir en más de una ocasión.

A pesar de las diferencias, parecían haber logrado una estabilidad casi envidiable. Eran buenas amigas, cómplices y amantes. Estaban felices. Reían porque ninguna era buena “dueña de casa”, las dos promovían el desorden y ninguna poseía verdaderas aptitudes en la cocina. Sabían que vivir juntas sería un desastre, un desastre al que querían arriesgarse. Con ese fin, Martina encontró un trabajo nuevo, lo que le permitiría poder arrendar sin mayor inconveniente. Valeria hizo lo mismo. Martina se asombraba de los ya siete meses que llevaban juntas sin altibajos, sin complicaciones realmente serias y dar éste paso era algo demasiado significativo para ella. Estaban entusiasmadas. Se dieron el plazo de dos meses para que cada una se asentara de manera cómoda en sus respectivos trabajos y poder irse a vivir juntas sin ninguna presión, pues no la tenían salvo por el deseo de querer hacerlo.

Eran chicas muy sociables, por lo que integrarse a un grupo no era problema en lo absoluto. Valeria forjó lazos cordiales con algunos compañeros y de amistad con otros, sin desagradarle a nadie. Martina fue como un tornado de efusividad y conquistó a todo el mundo. Hizo muchos amigos y, poco a poco, se transformaron en sus incondicionales fiesteros. Comenzó a salir con ellos todos los fines de semana, les presentó a Valeria y, aunque trataba y quería incluirla de forma constante, ella de manera cortés se negaba, pues luego de haber compartido con ellos asumió que eran de ambientes incompatibles. No por un asunto de hetero u homosexualidad, sino que no había conexión entre ellos y eso era todo. Valeria intentó disimularlo, para no crear conflicto.

Martina volvía a sentir esa sensación de ser la dueña del universo y no le importaba nada más. Ya no salía solamente viernes y sábado; ahora, cada día era perfecto. Ya no recordaba llamar a Valeria para decirle buenas noches, sino que la llamaba para contarle lo mucho que se había embriagado, la nueva droga que probó y lo bien que la había pasado. Valeria estaba desilusionada y no le gustaba ver en quién se estaba transformando su pareja. Intentó hablarle, pero Martina ya tenía una pared construida que, aparentemente, era exclusivamente a prueba de Valeria. Aún se amaban, de eso no había duda. Sin embargo, el reencuentro de Martina con una vida pasada fue más fuerte, vida donde no había cabida para Valeria a menos que ella quisiera unirse a lo mismo y, ciertamente, no quería. Se sintió decepcionada y muy dolida, veía cómo Martina boicoteaba todo lo que habían construido juntas, y ya creía ser un estorbo. La habían dejado completamente de lado y, lamentablemente, no había vuelta atrás. Los planes de una vida juntas se desmoronaban casi tan rápido como Martina acababa sus vasos de ron. Quizás ella no estaba del todo consciente acerca de lo que estaba ocurriendo con su relación, pero se sentía tan bien que quería que las cosas se mantuvieran igual. Quizás intentó darle un giro a esa estabilidad tan prometedora para hacerla más emocionante, pero no se percató que se le escapó de las manos. Valeria no resistió más y decidió terminar con todo. Le explicó por enésima vez a Martina cómo se sentía, le dio todas las razones que tenía para cortar la relación. Lo hizo con dolor, pero se mantuvo calma. Martina escuchaba y no refutaba ningún argumento, es más, los compartía. No estaba feliz con la decisión de Valeria, porque sabía que la amaba, pero algo dentro suyo le decía que no era lo suficientemente buena para ella. Respiró hondo, aceptó todo lo que Valeria dijo, y una parte de ella, aliviada, pensaba en que ya era tiempo de volver a sus andanzas.