Arturo

Quería morir y ya estaba todo listo. No era una de esas etapas depresivas en las que no se ve solución alguna más que la muerte, donde todo es terrible, trágico, agobiante, triste. No. Los días eran normales, su vida seguía de buena manera, había mucho sol, flores y aire fresco. Lo conversó con su familia y, aunque no entendían muy bien el por qué, apoyaban la decisión. Tenía cita a las 19.45. Eligió la inyección. Se había convencido que era su hora para morir. Para qué prolongar su existencia innecesariamente? Era joven, de veinte y tantos. Tal vez podría descubrir qué es lo que ocurre cuando el cuerpo se apaga lentamente; quería conocer el proceso del paso a eso tan misterioso y permanecer en ese estado.
Caminaba por callejuelas sombrías y, mientras acortaba la distancia a su destino, dejó de razonar y sintió cómo su estómago se estremecía. Dudó, sin explicarse nada.
Su familia había llegado antes y quería despedirse. Los abrazó, les regaló palabras de amor y dijo que los esperaría, si es que de verdad se puede hacer eso.
Los teléfonos sonaban, la sala de espera estaba copada. 19.44. Ya era su turno

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