Boicot

Una sola vez intentó enseñarle a tocar los arpegios en guitarra porque ella se lo había pedido. Y, también, una sola vez quiso hacer lo mismo con el bajo. Valeria no tenía muchos dotes musicales. Aunque lo intentaba, se frustraba rápido. Era capaz de hacer un par de acordes y unos rasgueos simples. Martina, en cambio, se desenvolvía como una gran maestra cuando se apoderaba de algún instrumento y parecía como si se trasladara a otra dimensión. Eso le encantaba a Valeria. Verla le resultaba envolvente. Quedaba absorta ante la imagen firme y sensual de Martina inmersa en el bajo. Paradójicamente, Martina provenía de una familia de connotados científicos, mientras que Valeria era hija de una profesora de música y de un historiador. Aún así, no era muy hábil con los dedos, y eso, fuera de ser la típica broma lesbiana, le causaba mucha gracia a Martina.
Se conocieron en una fiesta. Valeria no le prestaba mucha atención a Martina porque bailaba y reía con sus amigas. Finalmente, accedió a bailar con ella. Martina le compró unos tragos, conversaron-gritaron en medio de tanto ruido de fondo, se coquetearon y se besaron. Esa noche durmieron abrazadas, sin tener sexo y, a la mañana siguiente, como si nada, Valeria se va. Estaba claro que no pretendía extender esa aventura porque pensaba que aquella sería la primera de muchas luego de haber vivido una larga relación. Por otro lado, Martina se arrepentía de no haberle pedido su número y quedarse parada como idiota viéndola partir. Es que estaba embobada. A pesar de eso, no le fue difícil conseguirlo. La llamó con ansiedad y nerviosismo y, para su agradable sorpresa, obtuvo una respuesta favorable. Así, comenzaron a salir. No fue algo que estuviera en los planes de Valeria, no buscaba a alguien con quien compartir su cotidianidad; sin embargo, se sentía a gusto intercambiando experiencias de vida, desde los grandes acontecimientos a los pequeños e importantes detalles.

Había pasado un mes y ya eran una pareja formal. Aquello era todo un hito histórico dado que Martina tenía fama de libertina y no se le conocía una relación de más de tres meses. Ya había pasado uno, al menos. Valeria, era una chica seria. Ella se comprometía de verdad y, si bien no juzgaba el tema de andar de cama en cama, a ella no le acomodaba y, simplemente, no lo hacía. Por eso no le resultó su plan de tener aventuras nocturnas con cualquiera.
Afortunadamente, no tuvieron que vivir el usual drama familiar, o el hecho de sincerarse con el pololo de turno. Ambas estaban fuera del clóset hace rato, con familia informada incluída. Por ese lado fue bastante sencillo. Sólo tenían que preocuparse de ellas y no de ejercer la eterna lucha por mostrarse como son. Salían a la calle sin miedo, se tomaban de la mano, se abrazaban, se besaban y se reían de algunas miradas atónitas y comentarios ridículos que algunas personas les hacían al pasar.

Valeria le entregaba una seguridad infinita a Martina y le hacía –o intentaba- razonar, generar conversación, para que no se quedara encasillada sólo en su pensamiento sin considerar el del resto. Martina era un tanto inmadura, egocéntrica pero no egoísta, que no es lo mismo. Le costaba solidarizar con el sentir ajeno, cosa que Valeria hacía muy bien, lo que no la hacía perfecta, quizás era demasiado sensible mientras que Martina tenía un trato algo duro; características que les hicieron discutir en más de una ocasión.

A pesar de las diferencias, parecían haber logrado una estabilidad casi envidiable. Eran buenas amigas, cómplices y amantes. Estaban felices. Reían porque ninguna era buena “dueña de casa”, las dos promovían el desorden y ninguna poseía verdaderas aptitudes en la cocina. Sabían que vivir juntas sería un desastre, un desastre al que querían arriesgarse. Con ese fin, Martina encontró un trabajo nuevo, lo que le permitiría poder arrendar sin mayor inconveniente. Valeria hizo lo mismo. Martina se asombraba de los ya siete meses que llevaban juntas sin altibajos, sin complicaciones realmente serias y dar éste paso era algo demasiado significativo para ella. Estaban entusiasmadas. Se dieron el plazo de dos meses para que cada una se asentara de manera cómoda en sus respectivos trabajos y poder irse a vivir juntas sin ninguna presión, pues no la tenían salvo por el deseo de querer hacerlo.

Eran chicas muy sociables, por lo que integrarse a un grupo no era problema en lo absoluto. Valeria forjó lazos cordiales con algunos compañeros y de amistad con otros, sin desagradarle a nadie. Martina fue como un tornado de efusividad y conquistó a todo el mundo. Hizo muchos amigos y, poco a poco, se transformaron en sus incondicionales fiesteros. Comenzó a salir con ellos todos los fines de semana, les presentó a Valeria y, aunque trataba y quería incluirla de forma constante, ella de manera cortés se negaba, pues luego de haber compartido con ellos asumió que eran de ambientes incompatibles. No por un asunto de hetero u homosexualidad, sino que no había conexión entre ellos y eso era todo. Valeria intentó disimularlo, para no crear conflicto.

Martina volvía a sentir esa sensación de ser la dueña del universo y no le importaba nada más. Ya no salía solamente viernes y sábado; ahora, cada día era perfecto. Ya no recordaba llamar a Valeria para decirle buenas noches, sino que la llamaba para contarle lo mucho que se había embriagado, la nueva droga que probó y lo bien que la había pasado. Valeria estaba desilusionada y no le gustaba ver en quién se estaba transformando su pareja. Intentó hablarle, pero Martina ya tenía una pared construida que, aparentemente, era exclusivamente a prueba de Valeria. Aún se amaban, de eso no había duda. Sin embargo, el reencuentro de Martina con una vida pasada fue más fuerte, vida donde no había cabida para Valeria a menos que ella quisiera unirse a lo mismo y, ciertamente, no quería. Se sintió decepcionada y muy dolida, veía cómo Martina boicoteaba todo lo que habían construido juntas, y ya creía ser un estorbo. La habían dejado completamente de lado y, lamentablemente, no había vuelta atrás. Los planes de una vida juntas se desmoronaban casi tan rápido como Martina acababa sus vasos de ron. Quizás ella no estaba del todo consciente acerca de lo que estaba ocurriendo con su relación, pero se sentía tan bien que quería que las cosas se mantuvieran igual. Quizás intentó darle un giro a esa estabilidad tan prometedora para hacerla más emocionante, pero no se percató que se le escapó de las manos. Valeria no resistió más y decidió terminar con todo. Le explicó por enésima vez a Martina cómo se sentía, le dio todas las razones que tenía para cortar la relación. Lo hizo con dolor, pero se mantuvo calma. Martina escuchaba y no refutaba ningún argumento, es más, los compartía. No estaba feliz con la decisión de Valeria, porque sabía que la amaba, pero algo dentro suyo le decía que no era lo suficientemente buena para ella. Respiró hondo, aceptó todo lo que Valeria dijo, y una parte de ella, aliviada, pensaba en que ya era tiempo de volver a sus andanzas.

Loquesí

No tengo el poder de leer la mente. Siempre esperas que actúe antes de tiempo. No puedo adelantarme sin saber dónde voy. Necesito tener las cosas claras y tú no me aclaras nada. Tú me confundes, y me confundes cada día más. Me llevas a lugares hermosos, eso sí, pero envueltos de laberintos. Lugares a los que no podré volver si no es contigo. No quiero regresar contigo. Prefiero llenar mi cuerpo de heridas descifrando la llegada a esos paraísos que volver de tu mano. Sí, hay más de uno. No lo sabías? Cómo podrías saberlo si no te detienes a observar. Yo observé, sigo observando y me encontré con más de lo que esperaba. La verdad, nunca espero nada, así no me desilusiono, pero tampoco es tarea fácil. Hay veces -las menos- en que me he aferrado a alguna esperanza, con algo de miedo, claro. Contigo fue similar. Me aferré y caí. Me botaste. No me pisoteaste, pero me dejaste ahí, como el cadáver del que un homicida se quiere deshacer. Y no me importó. No porque aquello me gustara, sino porque era mi vía de escape -hacia dónde?- hacia mí.

Te había visto muy de lejos, tanto que casi ni te veía. Desde ese momento me atrapaste -digo me atrapaste aún cuando tú ni te percatabas de mí. Así y todo, ya me tenías- y con tal fuerza que ni siquiera sabías o sabes que ejerces. Sabes lo que provocas? Quizás no. No me dijiste frases románticas, no me prometiste la vida e, incluso, desconfiadamente me hablaste por primera vez. La sorpresa vino cuando te diste cuenta que ya era parte de tus días, mas no de tu rutina y no había vuelta atrás, no una sutil, al menos.

Nunca te tuve. Nunca me dejaste tenerte. Es extraño ésto de las posesiones, sin embargo, nunca pretendí poseerte. No te veía como una propiedad, o como a quien tenía que lucir frente a mis amigos. Habrá sido mi falla el querer saberte conmigo? Pues, si no es recíproco no tiene sentido. Puede tenerlo en la teoría; en la práctica, es distinto. Idealmente puedo verlo todo tan nítido. Lo practico y me voy al carajo y, tal vez, antes de hacerlo. No puedo botar muros con tal de abrazarte. Mis puños ya están deshechos.

Llegar a ti era maravilloso. A pesar de lo difícil que era, siempre pude encontrar algún camino y, mientras lo hacía, me encontraba cada vez más de cerca con tus ángeles y tus demonios, quienes me acompañaban y me hablaban de ti. Me hacían entender. A veces todo; otras, nada. Yo me divertía con ellos, sin negar que en muchas ocasiones era abrumador. Tú no sabías lo que yo tenía que recorrer para pararme frente a ti y muchas veces te resististe a recibirme, pues no querías que yo dejara de ser "una persona más" y pasara a ser "la persona", como si eso fuera una condena. Ya veo que para tí funciona de esa forma. Aún así, me retenías de cierta manera. Querías que me fuera, pero no que estuviera lejos. La distancia suficiente como para que pudieras extender tu brazo y alcanzar mi mano y que yo caminase a ti, entregándome por completo.

Comenzaste a exigir, a demandar atenciones especiales que hicieron que me olvidara completamente de mí. Por qué lo permití? La tiranía fue lo tuyo. Lo mío, la sumisión. Lo asumo. Asumo también que me perdí, me perdí en ti y aquello se tornaba excitante. Lo transformé en el desafío para rescatarme de tí -por supuesto me daba cuenta de lo que sucedía, ciega no estaba- y quise rescatarte a ti también. Pero, quién era yo, después de todo? Una boca más. Una boca que sólo quería besar la tuya y ahora me quieres, y me quieres a tu lado. Porque te conozco y tú no me conoces nada, porque te sé. Y yo, yo dejé de ser. Me desgasté.

Entonces, me voy y lo más probable es que sea para buscarte.