Una sola vez intentó enseñarle a tocar los arpegios en guitarra porque ella se lo había pedido. Y, también, una sola vez quiso hacer lo mismo con el bajo. Valeria no tenía muchos dotes musicales. Aunque lo intentaba, se frustraba rápido. Era capaz de hacer un par de acordes y unos rasgueos simples. Martina, en cambio, se desenvolvía como una gran maestra cuando se apoderaba de algún instrumento y parecía como si se trasladara a otra dimensión. Eso le encantaba a Valeria. Verla le resultaba envolvente. Quedaba absorta ante la imagen firme y sensual de Martina inmersa en el bajo. Paradójicamente, Martina provenía de una familia de connotados científicos, mientras que Valeria era hija de una profesora de música y de un historiador. Aún así, no era muy hábil con los dedos, y eso, fuera de ser la típica broma lesbiana, le causaba mucha gracia a Martina.
Había pasado un mes y ya eran una pareja formal. Aquello era todo un hito histórico dado que Martina tenía fama de libertina y no se le conocía una relación de más de tres meses. Ya había pasado uno, al menos. Valeria, era una chica seria. Ella se comprometía de verdad y, si bien no juzgaba el tema de andar de cama en cama, a ella no le acomodaba y, simplemente, no lo hacía. Por eso no le resultó su plan de tener aventuras nocturnas con cualquiera.
Valeria le entregaba una seguridad infinita a Martina y le hacía –o intentaba- razonar, generar conversación, para que no se quedara encasillada sólo en su pensamiento sin considerar el del resto. Martina era un tanto inmadura, egocéntrica pero no egoísta, que no es lo mismo. Le costaba solidarizar con el sentir ajeno, cosa que Valeria hacía muy bien, lo que no la hacía perfecta, quizás era demasiado sensible mientras que Martina tenía un trato algo duro; características que les hicieron discutir en más de una ocasión.
A pesar de las diferencias, parecían haber logrado una estabilidad casi envidiable. Eran buenas amigas, cómplices y amantes. Estaban felices. Reían porque ninguna era buena “dueña de casa”, las dos promovían el desorden y ninguna poseía verdaderas aptitudes en la cocina. Sabían que vivir juntas sería un desastre, un desastre al que querían arriesgarse. Con ese fin, Martina encontró un trabajo nuevo, lo que le permitiría poder arrendar sin mayor inconveniente. Valeria hizo lo mismo. Martina se asombraba de los ya siete meses que llevaban juntas sin altibajos, sin complicaciones realmente serias y dar éste paso era algo demasiado significativo para ella. Estaban entusiasmadas. Se dieron el plazo de dos meses para que cada una se asentara de manera cómoda en sus respectivos trabajos y poder irse a vivir juntas sin ninguna presión, pues no la tenían salvo por el deseo de querer hacerlo.
Eran chicas muy sociables, por lo que integrarse a un grupo no era problema en lo absoluto. Valeria forjó lazos cordiales con algunos compañeros y de amistad con otros, sin desagradarle a nadie. Martina fue como un tornado de efusividad y conquistó a todo el mundo. Hizo muchos amigos y, poco a poco, se transformaron en sus incondicionales fiesteros. Comenzó a salir con ellos todos los fines de semana, les presentó a Valeria y, aunque trataba y quería incluirla de forma constante, ella de manera cortés se negaba, pues luego de haber compartido con ellos asumió que eran de ambientes incompatibles. No por un asunto de hetero u homosexualidad, sino que no había conexión entre ellos y eso era todo. Valeria intentó disimularlo, para no crear conflicto.
Martina volvía a sentir esa sensación de ser la dueña del universo y no le importaba nada más. Ya no salía solamente viernes y sábado; ahora, cada día era perfecto. Ya no recordaba llamar a Valeria para decirle buenas noches, sino que la llamaba para contarle lo mucho que se había embriagado, la nueva droga que probó y lo bien que la había pasado. Valeria estaba desilusionada y no le gustaba ver en quién se estaba transformando su pareja. Intentó hablarle, pero Martina ya tenía una pared construida que, aparentemente, era exclusivamente a prueba de Valeria. Aún se amaban, de eso no había duda. Sin embargo, el reencuentro de Martina con una vida pasada fue más fuerte, vida donde no había cabida para Valeria a menos que ella quisiera unirse a lo mismo y, ciertamente, no quería. Se sintió decepcionada y muy dolida, veía cómo Martina boicoteaba todo lo que habían construido juntas, y ya creía ser un estorbo. La habían dejado completamente de lado y, lamentablemente, no había vuelta atrás. Los planes de una vida juntas se desmoronaban casi tan rápido como Martina acababa sus vasos de ron. Quizás ella no estaba del todo consciente acerca de lo que estaba ocurriendo con su relación, pero se sentía tan bien que quería que las cosas se mantuvieran igual. Quizás intentó darle un giro a esa estabilidad tan prometedora para hacerla más emocionante, pero no se percató que se le escapó de las manos. Valeria no resistió más y decidió terminar con todo. Le explicó por enésima vez a Martina cómo se sentía, le dio todas las razones que tenía para cortar la relación. Lo hizo con dolor, pero se mantuvo calma. Martina escuchaba y no refutaba ningún argumento, es más, los compartía. No estaba feliz con la decisión de Valeria, porque sabía que la amaba, pero algo dentro suyo le decía que no era lo suficientemente buena para ella. Respiró hondo, aceptó todo lo que Valeria dijo, y una parte de ella, aliviada, pensaba en que ya era tiempo de volver a sus andanzas.

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