Loquesí

No tengo el poder de leer la mente. Siempre esperas que actúe antes de tiempo. No puedo adelantarme sin saber dónde voy. Necesito tener las cosas claras y tú no me aclaras nada. Tú me confundes, y me confundes cada día más. Me llevas a lugares hermosos, eso sí, pero envueltos de laberintos. Lugares a los que no podré volver si no es contigo. No quiero regresar contigo. Prefiero llenar mi cuerpo de heridas descifrando la llegada a esos paraísos que volver de tu mano. Sí, hay más de uno. No lo sabías? Cómo podrías saberlo si no te detienes a observar. Yo observé, sigo observando y me encontré con más de lo que esperaba. La verdad, nunca espero nada, así no me desilusiono, pero tampoco es tarea fácil. Hay veces -las menos- en que me he aferrado a alguna esperanza, con algo de miedo, claro. Contigo fue similar. Me aferré y caí. Me botaste. No me pisoteaste, pero me dejaste ahí, como el cadáver del que un homicida se quiere deshacer. Y no me importó. No porque aquello me gustara, sino porque era mi vía de escape -hacia dónde?- hacia mí.

Te había visto muy de lejos, tanto que casi ni te veía. Desde ese momento me atrapaste -digo me atrapaste aún cuando tú ni te percatabas de mí. Así y todo, ya me tenías- y con tal fuerza que ni siquiera sabías o sabes que ejerces. Sabes lo que provocas? Quizás no. No me dijiste frases románticas, no me prometiste la vida e, incluso, desconfiadamente me hablaste por primera vez. La sorpresa vino cuando te diste cuenta que ya era parte de tus días, mas no de tu rutina y no había vuelta atrás, no una sutil, al menos.

Nunca te tuve. Nunca me dejaste tenerte. Es extraño ésto de las posesiones, sin embargo, nunca pretendí poseerte. No te veía como una propiedad, o como a quien tenía que lucir frente a mis amigos. Habrá sido mi falla el querer saberte conmigo? Pues, si no es recíproco no tiene sentido. Puede tenerlo en la teoría; en la práctica, es distinto. Idealmente puedo verlo todo tan nítido. Lo practico y me voy al carajo y, tal vez, antes de hacerlo. No puedo botar muros con tal de abrazarte. Mis puños ya están deshechos.

Llegar a ti era maravilloso. A pesar de lo difícil que era, siempre pude encontrar algún camino y, mientras lo hacía, me encontraba cada vez más de cerca con tus ángeles y tus demonios, quienes me acompañaban y me hablaban de ti. Me hacían entender. A veces todo; otras, nada. Yo me divertía con ellos, sin negar que en muchas ocasiones era abrumador. Tú no sabías lo que yo tenía que recorrer para pararme frente a ti y muchas veces te resististe a recibirme, pues no querías que yo dejara de ser "una persona más" y pasara a ser "la persona", como si eso fuera una condena. Ya veo que para tí funciona de esa forma. Aún así, me retenías de cierta manera. Querías que me fuera, pero no que estuviera lejos. La distancia suficiente como para que pudieras extender tu brazo y alcanzar mi mano y que yo caminase a ti, entregándome por completo.

Comenzaste a exigir, a demandar atenciones especiales que hicieron que me olvidara completamente de mí. Por qué lo permití? La tiranía fue lo tuyo. Lo mío, la sumisión. Lo asumo. Asumo también que me perdí, me perdí en ti y aquello se tornaba excitante. Lo transformé en el desafío para rescatarme de tí -por supuesto me daba cuenta de lo que sucedía, ciega no estaba- y quise rescatarte a ti también. Pero, quién era yo, después de todo? Una boca más. Una boca que sólo quería besar la tuya y ahora me quieres, y me quieres a tu lado. Porque te conozco y tú no me conoces nada, porque te sé. Y yo, yo dejé de ser. Me desgasté.

Entonces, me voy y lo más probable es que sea para buscarte.

1 comentario:

Le Fay dijo...

Me encantó. Creo que ha sido de lo más completo que he leído últimamente (y eso que ando con Stephen King por estos días).
Debe ser porque me siento identificada con eso de describir a todos y a nadie, en pos de encerrar y examinar al inexistente objeto de deseo que una quisiera para siempre, sin éxito.
Soy la campeona de inventarme personajes para amarlos como no amo a nadie en vida, de idolatrarlos y de sufrir más tarde cuando caigo en la cuenta de su inexistencia.
Pero vos me emocionaste, mostra!
Y aparécete luego, que te extraño.