Control

Y si enloquezco es porque quiero hacerlo. Crear conflictos tiene más sentido que vivir de manera calma. Grito fuerte y pateo con más potencia aún. Me descontrolo. Me gusta. Es excitante tener límites que romper o no tenerlos y adueñarme de toda acción sin pensar, sin analizar. La gente a mi lado que se joda. Sólo importo yo, pero no quiero que se vayan. Quiero que se queden junto a mí y me reconozcan como su incondicional, su indispensable.

Ayer dije que me suicidaría. Hice la escena con cuchillo en mano. Estaba fuera de control, pero con la adrenalina a más no poder. Sabía que no lo haría. Era una prueba para el resto, como siempre. La reacción fue la habitual: Gritos e intentos por detenerme. Me sentía tan poderosa. Si decía que se alejaran, lo hacían; si los quería en silencio, se callaban. Estaban a mi merced. ¿Debería importarme que no sean adultos? Desde pequeños tienen que conocer los matices de la vida, así la enfrentan preparados. Estaba el anciano, que no es muy útil. Come, habla y se le olvidan las cosas. Lo vi con un teléfono en la mano. Pensé que me lo arrojaría. Se lo arrebaté y lo tiré sobre la cama. Retomé el espectáculo del cuchillo en un instante.

Semanas antes, probé con cinturones, cuerdas y cordones. La manguera no me sirvió, no era tan manejable. El cinturón me acomodó más; se ajusta con facilidad, es más grueso y si se golpea contra algo o alguien, resulta más intimidante. Me quedé con él. Golpée a las niñas un par de veces, no muchas para que pudieran ver lo que seguiría. Fue una buena forma de captar su atención. Me puse el cinturón al cuello, hice que me lo abrocharan. Lloraban un poco, pero deben hacerse mujeres de alguna manera. Como su llanto no me ayudaba lo suficiente, decidí terminar la escena sola. Apreté y apreté. Es un goce especial. Sentía cómo mi cuerpo se atrofiaba lentamente, cómo la sangre interrumpía su curso normal, cómo mis sentidos se alteraban de una forma que nunca había experimentado. Comenzaba a perder el conocimiento y decidí parar. Las niñas estaban inmóviles y yo me quedé sin fuerzas para continuar con alguna otra sorpresa. Había sido suficiente por ese día.

Ayer, con el cuchillo fue distinto. Probé primero con mis piernas, para ver qué tan soportable y agradable podía ser el dolor. Luego seguí con mis brazos, con las muñecas. La sangre era abundante mas no una cantidad considerable como para morir. No fue tan placentero como aquello que había vivido semanas atrás. Quise intentar con un corte en el cuello, pero sabía que no sería mi última aventura, de modo que lo hice de manera superficial. La imagen del cuarto ensangrentado era hermosa. Pude hacer unas decoraciones dignas del mejor asesino en serie. Era un cuadro espeluznante, pero armonioso en su forma. Mis espectadores personales quedaron atónitos.

Como ya estaba cansada de ser el centro de atención, me dirigí al patio trasero y asesiné al perro. Asombrosa decisión. Les arrebaté a las niñas algo con lo que habían crecido, algo con lo que reían. El perro puso resistencia, claro. Me llevé un par de mordidas y rasguños, pero fui veloz. Siete puñaladas que lo aniquilaron. Sentí el timbre y bocinas en el exterior. El sueño se apoderaba de mí lentamente, mi cuerpo dejaba de responder según mis órdenes. A mis espaldas, las niñas y el anciano se abrazaban y yo me preguntaba qué celebraban. Quise unirme a ellos pero caí antes de llegar. Despierto y sé que no estoy en mi hogar. No veo el perro muerto ni la habitación con la nueva pintura roja. Una cama sencilla. A mi lado, un vaso y pastillas. Me encantan, así que las tomé. Me transportaron a mi nueva travesía inmediatamente. Lo vi muy claro: Cuando despierte nuevamente en mi habitación, iré al cajón inferior izquierdo que está dentro del clóset, sacaré la caja y pondré la clave secreta, y tendré la pistola entre mis manos.

1 comentario:

Unknown dijo...

"Es excitante tener límites que romper o no tenerlos"

No tener límites no permitiría un suicidio. Es mejor que existan, así el acto tiene sentido.

Bello.