El hombre callejero irrumpe violentamente y nos pide hablar de la vida real. No quiere que ficcionemos ni que finjamos ser, ni que le prediquemos al viento algo que no hemos experimentado. Tiene razón. El hombre callejero vocifera insultos envueltos en una rabia cargada por años y no sólo por él, no es un peso que sólo esté en sus hombros, sino en los de todos sus compañeros de aventuras y desventuras. El hombre callejero huele mal. Huele a basura, a desechos, a descomposición. Está podrido, mas su efervescencia se dispara como un misil potente y certero. El público, atónito, mira su espectáculo con desprecio y lástima. Los que dicen comprometerse con el sentir popular sólo le entregan rechazo y sienten que aquello es impropio del lugar. La poesía que hasta entonces se había escuchado, de pronto dejó de serlo y se transformó en algo absolutamente falso, sin sentido. El compromiso que se oía en cada verso se desvaneció luego de la mencionada escena. El hombre callejero era quien exigía algo verdadero; él era poesía. Sus palabras no rimaban, no construían metáforas; no obstante, él era poesía. Lo echaron del lugar con disgusto, con la ira de quien siente su espacio transgredido, mientras que era ese palabrerío cínico la muestra perfecta de una violencia encubierta, lo que es peor. La no-aceptación estaba cabalmente reflejada en ellos, los que luchan por las voces oprimidas de los otros. Antes de partir, el hombre callejero hizo notar una vez más que lo ahí vivido era a lo que había que hacerle frente; dejó en evidencia que todo era volátil y que, ciertamente, las palabras se las llevaba el viento. Estaba ebrio, lo reflejaba su andar tambaleante; pero, qué importaba! El hombre callejero se bajó los pantalones y se cagó en la misma mierda.
Why Get a mouth guard for Exercise?
Hace 8 años
