Di cinco veces mi número telefónico, di siete caricias que se alejaban de la inocencia; dos veces mi lengua estuvo ajena a mi boca e interna en otras y nada. Desistí. Fui el centro de atención, eso es seguro. Los tenía a todos embobados e hipnotizados pero no me elegían y no entendía por qué. Nadie me ofreció algún trago ni llevarme a su casa. Yo sólo quería sexo. ¿Es que una mujer no puede querer sexo y nada más? Se supone que es el sueño de cualquier hombre, ¿no?. Una mujer ofreciéndose sin compromisos ni ataduras; hacer lo que hay que hacer y listo, todo termina ahí, pero no. Busqué, provoqué, seduje y nadie accedió. Seguro era la noche de impotentes, no encuentro otra explicación.
Salí del bar a las cuatro y cuarto de la mañana, resignada. Me senté en una plazoleta cuestionando la virilidad contemporánea; -Verdad que ahora todo el mundo es bisexual, me dije. Tal vez era la noche de la homosexualidad universal; debe haber sido por eso que un par de muchachas me miraban más de lo normal.
Me había vestido especialmente para lograr mi objetivo: Blusa blanca con escote pronunciado, falda azul ceñida a mí como si fuera mi propia piel, tacones que permitían que mis piernas se vieran más tonificadas, usé un perfume que me lo vendieron diciendo que era afrodisíaco y, además, llevaba en mi bolso los implementos necesarios para pecar lujuriosamente: Antifaces, esposas, unas cuerdas pequeñas, ¡hasta una película! Estaba dispuesta a todo. Quería ser dueña de mí, del mundo y tener control absoluto. No era mucho pedir.
Decidí caminar acompañada de un cigarro, era el único placer que podía conseguir en ése momento. No sé cuánto tiempo habrá pasado, pero el sol ya comenzaba a hacer su aparición habitual. Me detuve. Veía cómo las demás personas estaban vestidas para ir a sus trabajos, niños dirigiéndose a sus clases, gente comprando el diario y yo, aún arrastrando lo que había sido la noche pasada.
Sentía todas las miradas en mí; quizás me compadecían, quizás pensaban que estaba loca, quizás les daba asco. Me esquivaban al pasar, y cuando no alcanzaban, me empujaban y yo parecía pelota de tenis yendo por distintos puntos con movimientos involuntarios. De un momento a otro, levanto mi cabeza y me doy cuenta que soy observada fijamente por un hombre desde un balcón. Corrí la mirada, asumiendo que el tipo cambiaría su dirección visual. Lo miro nuevamente y permanecía ahí, quizás diciéndome algo. Fue entonces que lo decidí. Actué como si ya lo conociera, le grité como si lo hubiera estado esperando, apuré el paso e, incluso, caí. Nadie me levantó pero no necesitaba que me socorrieran. La mirada de él era ahora de desconcierto. Quería esconderse y yo no iba a permitir que eso sucediera. Grité más fuerte. La concreción de mi plan fallido estaba ante mí y yo sería artífice, finalmente, de mi propio destino. Fui por él.
Llegué a su puerta casi por instinto. Abrió temeroso y, sin pensarlo, me arrojé sobre él de manera impetuosa y lo besé con una pasión desmedida. Me entregaba al todo o nada. Jugué a ganadora. Fui reina y basura al mismo tiempo y me encantó tener ese incontenible ardor en mi cuerpo que nunca antes había sentido. El hombre, al cabo de unos pocos segundos, me aparta de sí. Vi deseo absoluto en sus ojos. Me señala la cama donde dormía una frágil y débil mujer. Me dijo que estaba enferma. Lo sentí por ella, pero eso no me iba a detener por ningún motivo. Me paro frente a él y le digo: -Esta es una oportunidad única en la vida. Conozco un buen lugar dos cuadras al sur. Ni siquiera pretendo preguntar tu nombre. Tu cuerpo entero me dice que me quiere. Siento cómo me desvistes. Es irresistible, ¿verdad?. Haremos lo siguiente: Iré a esperar el ascensor y, cuando llegue, me subiré a él sola o acompañada. De todas formas desapareceré, ya sea ahora o en tres horas más. Salí, no sin antes sembrar nuevamente una pizca de tentación en él. Cerré la puerta.
Pulsé el botón y aguardé. El ascensor ya estaba próximo a llegar cuando siento unos pasos tras de mí.
Why Get a mouth guard for Exercise?
Hace 8 años

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